Crónica de los días perdidos

1962, principios del verano, Escuela Nacional de Artes Gráficas. De pie sobre el pescante metálico de este monstruo de acero y madera más conocido como la “Maquina Infernal”, confirmo a mi maestro monsieur Lussardì que la tinta ha sido batida y el papel aireado.

Iza el pulgar. Es la orden. Cambio de lugar el mando de la polea y la temida prensa tiembla dando inicio a sus giros, en el instante previo en que doy presión al cilindro y comienzo a pasar el papel manualmente a razón de veinte pliegos por minuto. Enfundado en un cada día más estrecho mono azul, el adolescente que todavía habita en mí, apenas puede con la emoción del instante.

Atrás, monsieur Lussardì. No son balas las que buscan el pecho noble de este heroico francés, ex miembro de la resistencia durante la segunda guerra mundial, sino las lanzas de madera de la máquina que tras un movimiento elíptico de vaivén, finalizan la entrega de pliegos en una rutina rota de tanto en tanto, y que se prolonga un par de horas, mientras mi maestro fuma y espera.

Cinco quince de la tarde. No lejos de allí de pronto vibra un esperado timbre que imprime en el aire su nostálgico repiquete. Monsieur Lussardì consulta su viejo reloj de bolsillo. Fin de la jornada. Detengo la prensa, finaliza también el año lectivo y entonces adiós tinta y papel. Bienvenidos verano, vacaciones, amores.

De regreso en el otoño el viejo monstruo se ha ido arrebatándome también a mi maestro, a quien nunca más volvería a ver. Es otro el artilugio de acero gris y reluciente que me espera en ese mismo lugar con sus urgencias de tinta y papel, el que deberé aprender a dominar además de seguir los consejos de un maestro totalmente desconocido.

Dicen mis condiscípulos de los días perdidos, que con los años he terminado pareciéndome a mí recordado maestro, monsieur Lussardì. Sonrío ciertamente congratulado, mientras concluyo que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Comentarios

Entradas populares